octubre 1, 2026

Replicar sin mirar es lo que hace casi todo el mundo todos los días. Y hay quienes comentan una cita apócrifa para marcar distancia del resto y pecan de arrogantes. ¿Cómo evitar entregar la propia reputación de persona informada a cambio de tres corazoncitos?

Por Eduardo Laens* 

El 11 de marzo de este año, en la alfombra roja del Festival Internacional de Cine de Beijing, la actriz Zhang Jingyi posó con un vestido negro de corte princesa, un paraguas transparente y una bolsa de plástico amarilla colgando de la mano derecha. La bolsa era exactamente eso, una de esas que te dan en cualquier verdulería, arrugada y con las asas estiradas por el peso. Al lado de la seda y de un peinado de dos horas, la imagen resultaba tan desconcertante que la foto dio la vuelta al mundo antes de que nadie preguntara de dónde había salido.

Había salido del rodaje. Zhang estaba promocionando The One, la película de Wang Mu donde interpreta a Yu Yan, una chica cuyos padres no oyen. El personaje lleva siempre esa bolsa amarilla, chillona y barata, para que su madre y su padre puedan ubicarla entre la gente desde cincuenta metros. 

El recorrido de la foto tomó otro camino. En cuestión de horas empezó a circular pegada al logo de Balenciaga y a un precio, mil setecientos noventa dólares, con la conclusión servida en el mismo cuadro: la industria del lujo ahora vende bolsas de basura y hay gente dispuesta a pagarlas. Después llegaron los videos hechos con IA, con supuestos compradores paseando la bolsa por la calle y vidrieras que la exhibían como producto estrella.

Algo de verdad había. Balenciaga lanzó el Trash Bag Large Pouch en su colección de otoño invierno 2022, en piel de becerro con detalles de piel de cordero, forro interior de nylon y cierre de cordón, a mil setecientos noventa dólares. Hoy no figura en el sitio oficial de la marca y se consigue en reventa, a dos mil cien dólares en Saks Fifth Avenue y a dos mil setecientos setenta y dos en StockX, según los precios de marzo de este año. El número que circulaba en la captura era el número verdadero.

La cita que usaron para humillar también es falsa

El video llegó a mi feed de LinkedIn en una publicación con cientos de reacciones, comentarios y republicaciones. Me senté a contar los comentarios de uno de los reposteos, sin ninguna pretensión estadística, por curiosidad. Más del 15% repetía la misma frase de Albert Einstein, con mínimas variaciones: “Dos cosas son infinitas, el universo y la estupidez humana, y de la primera no estoy seguro”.

De esa frase no existe registro en ningún escrito de Einstein. El rastro más antiguo aparece en Ego, Hunger and Aggression, el libro que Fritz Perls publicó en 1942 y reeditó en 1947. Perls, el fundador de la terapia Gestalt, se la atribuye ahí a un gran astrónomo que jamás identifica. Recién en 1969, en Gestalt Therapy Verbatim, escribió que se la había dicho Einstein en persona. Nunca apareció una prueba de esa conversación, y el sitio de verificación Snopes la clasifica como no probada. El propio Perls admitió en su autobiografía que sus encuentros con celebridades le servían para juntar material con el que jactarse.

Uno de cada seis comentarios usó una frase inventada por un hombre que coleccionaba famosos para impresionar, con el objetivo de acusar de tontos a otros. 

En ese mismo hilo, menos del 3% mencionó que la historia era falsa. Todo el resto discutió sobre una premisa que nadie se detuvo a mirar, solo para criticar, mofarse o agredir.

Soroush Vosoughi, Deb Roy y Sinan Aral publicaron en la revista Science, en 2018, el estudio más grande que se hizo sobre esto. Rastrearon ciento veintiséis mil historias tuiteadas por tres millones de personas más de cuatro millones y medio de veces, entre 2006 y 2017. Las falsas tenían un setenta por ciento más de probabilidades de ser retuiteadas que las verdaderas, y a la verdad le llevaba unas seis veces más de tiempo alcanzar a mil quinientas personas.

Los investigadores del MIT midieron aparte el papel de los bots, esos programas automáticos que publican solos, y encontraron que aceleraban por igual lo verdadero y lo falso. La diferencia de velocidad, la real viralidad, la ponemos las personas, una por una, con el pulgar.

El tablero paga el chiste y no cobra el error

Verificar toda esta historia me llevó menos de cuatro minutos. La nota de Hypebae que cubrió el lanzamiento del bolso está indexada desde 2022 y la ficha de Snopes sobre la frase de Einstein lleva años publicada. Las notas mexicanas que explicaban el origen de la bolsa de Zhang salieron el mismo día en que el video se hizo viral. Cada persona que comentó tenía toda esa información a un click de distancia, en el mismo teléfono donde estaba escribiendo su sentencia.

Con el costo de chequear tan cerca de cero, la explicación por la vía de la estupidez se vuelve cínica. Lo que premia la dinámica es el tablero. Un comentario ingenioso rinde reacciones en los primeros diez minutos, que es justo cuando el algoritmo decide si te muestra o te entierra. Una aclaración sobre el origen de la foto llega tarde, corta la conversación y no le gusta a nadie. Equivocarse en público sale gratis. El hilo se hunde en cuarenta y ocho horas y nadie vuelve a buscarlo.

En criollo, el sistema paga por opinar rápido y no cobra nada por opinar mal.

¿Quién es el estúpido, entonces? El que armó el montaje sabía lo que hacía y cobró en visibilidad, que era su único objetivo. El que lo replicó sin mirar hizo lo que hace casi todo el mundo todos los días. El que comentó con una cita apócrifa para marcar distancia del resto pecó de arrogante. Entregó su reputación de persona informada a cambio de tres corazoncitos.

En un mercado profesional chico donde todos nos leemos, ese intercambio se paga caro. La misma mecánica se repite cada semana con cifras de inflación, con supuestas declaraciones de funcionarios, con gráficos sin eje y con estudios que nadie abrió jamás, siempre acompañados del comentario que demuestra lo despierto que está el que comenta. Un ejecutivo que comparte un dato falso con tono de autoridad queda expuesto frente a clientes, competidores y equipos, y en general se entera último, cuando alguien ya decidió que con él conviene chequear todo dos veces.

El objeto del que todo el mundo se rió existía en la película para resolver un problema concreto. Una hija necesita que sus padres la encuentren entre la multitud sin poder llamarlos a los gritos. Miles de personas, muchas de ellas con posgrados y con cargos de conducción, lo convirtieron en la prueba de que el mundo está lleno de estúpidos, sin enterarse jamás de para qué servía.

En la película, la bolsa amarilla existe para que a Yu Yan la puedan encontrar. En nuestras pantallas sirvió para que nadie buscara nada.

*CEO de Varegos, docente universitario y autor de Humanware

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